Capítulo 1. El Deseo del Aspirante a Mago. | | Bobby Diaz
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Capítulo 1. El Deseo del Aspirante a Mago.

CAPÍTULO 1
EL DESEO DEL ASPIRANTE A MAGO

Aquel muchacho era un joven especial. Sus ojos brillaban con gran intensidad, como si fuesen dos canicas luminosas conectadas a la red eléctrica. Era un chaval de corazón puro, con una mirada afable, de esas que hacen que uno se sienta cómodo. Transmitía cercanía, alegría, ilusión, positividad… Tenía carisma. Lucas era un buen tipo, una de esas personas junto a las que resulta agradable estar.

Ese día del mes de julio se había levantado pronto, pues le encantaba pasear notando en su piel el frescor de las mañanas de verano. Era su método infalible para sentirse lleno de vitalidad. Después de haber tomado un copioso y energético desayuno, se echó a la calle para gozar con su ritual. Tras unos minutos caminando, pensó en que no tenía nada que hacer hasta el mediodía y decidió recorrer aquel pequeño pueblo del sur de Andalucía al que había llegado el día anterior. La simple idea de descubrir sus rincones le ilusionó.

Durante toda la mañana y parte de la tarde deambuló por las calles de la localidad admirando el entorno y pensando en sus propias cosas. La recorrió hasta en tres ocasiones, por lo que tuvo tiempo de sobra para poner su mente en orden.

Cansado, se sentó sobre un bordillo que estaba en la plaza principal del pueblo, frente a una bonita casa que le había llamado la atención. Sintió que estaba empapado en sudor por causa del sofocante calor y que tenía los pies entumecidos por tanto trasiego. El bordillo sobre el que se paró a descansar era alto, de poco más de un palmo, lo que hacía que pudiese adoptar una postura cómoda, y, además, se mantenía fresco, pues no le había dado el sol durante todo el día. Lucas se sintió a gusto en ese lugar, tanto que resolvió pasar un buen rato allí.

Oteó el entorno con la intención de averiguar los detalles excepcionales de todo cuanto le rodeaba. Él siempre había sido una persona inquieta, curiosa, y eso se manifestaba en todas sus acciones. Si Lucas miraba un árbol no lo hacía como el resto de los mortales: él se fijaba en los colores de sus hojas, en las arrugas de su tronco, en la manera en que las ramas buscaban la luz y en si éstas aguantarían el peso de los pájaros… Incluso se preguntaba por la edad del árbol y por las cosas que éste habría presenciado a lo largo de su estática existencia.

Un desgastado mobiliario urbano, algunos ruidosos vehículos, varios naranjos en pleno brote veraniego y gente, mucha gente. Eso fue lo que el muchacho percibió tras un vistazo rápido. Sin embargo, todo aquello quedó como en un segundo plano, pues algo captó intensamente su atención: aquella casa que tenía a su espalda. Se giró para mirarla, adoptando una posición un tanto incómoda. Le gustaba, le resultaba ciertamente magnética.

Se trataba de un edificio de tres plantas, grande e imponente, de aire clásico y colonial, pero con un cierto toque de modernidad. La mezcla de estilos era extraña, pero quedaba vistosa. La fachada era blanca, encalada, como en la mayoría de pueblos de aquella zona de la sierra andaluza. Tan blanca que la luz del sol, que en aquellos momentos incidía directamente sobre el piso superior, producía un reflejo tan resplandeciente, que uno tenía que apartar la vista para que sus ojos no resultasen dañados. Aquel edificio, sin duda, tenía un toque enigmático; de sus puertas y ventanas emanaba una inusual armonía.

Sintió ganas de entrar.

Recuperando una posición más cómoda sobre el bordillo, Lucas volvió la vista al frente. Dejó a un lado la idea de entrar en aquella casa y miró detenidamente a algunas de las personas que transitaban frente a él por la plaza. Tenía la costumbre de contemplar a los transeúntes e imaginarse cómo serían sus vidas. Observó a aquellas gentes y se preguntó si ellos estarían viviendo lo que imaginaron para sí mismos cuando eran niños. Poco antes, durante su paseo, mientras ponía sus ideas en orden y sin saber muy bien cómo, había llegado a la conclusión de que si uno vive sus sueños de la infancia tiene más probabilidades de tener una vida feliz y satisfactoria.

Él, de momento, no había cumplido los suyos. Quizás por eso sentía que le faltaba algo… «Hace tanto tiempo que no presto atención a mis sueños que temo que se me olviden», se dijo.

Aquella sencilla reflexión despertó algo extraordinario en su interior; rápidamente desfilaron frente a sus ojos cientos de imágenes de lugares que todavía no conocía, de personas que le resultaban familiares y con las que aún no se había encontrado, de decenas de hazañas heroicas y de múltiples conquistas pendientes todavía de realizarse. Presenció en un instante una vida épica y digna de ser relatada en una novela. Y entonces se dio cuenta de algo que le abrumó: su vida distaba mucho de lo que acababa de imaginar. Nada de lo visualizado en su mente ocurriría si se mantenía en el mismo camino.

Le invadió una tremenda angustia.

Aquella fantasía le gustaba, pues, en el fondo, era su historia, la que albergaba en lo más profundo y sagrado de su Corazón. Sintió que, si no la vivía, moriría con la sensación de haber desperdiciado su existencia. Sería algo así como haber nacido para ser un gran escritor y, finalmente, haber dedicado la vida a otra cosa totalmente distinta.

La desazón se fue apoderando paulatinamente de su rostro. Allí, en ese pueblo andaluz, empezó a sentirse atrapado, perdido. Él deseaba con todas sus fuerzas poder cambiar el rumbo hacia su soñado destino, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

***

Lucas estuvo varios minutos con la mirada perdida, apuntando sus inertes ojos a uno de los adoquines del suelo empedrado. Se había quedado totalmente enganchado en la angustiosa emoción que disparó esa, a priori, insignificante reflexión que, muy a su pesar, se estaba repitiendo con incómoda frecuencia.

—Si un escritor no escribe, no merece su don. ¡Deberían arrebatárselo! —se espetó en voz alta, con ánimo de aguijonearse. —¡¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar para que decida vivir la vida que deseo?!

—En realidad, podrían ser minutos —dijo un hombre de mediana edad que grácilmente se sentó a su derecha sobre el bordillo.

Lucas le miró apremiante, esperando que aclarase lo más rápido posible varias cuestiones: quién era él, por qué se había sentado a su lado y, sobre todo, qué tenía que hacer para variar rápidamente el rumbo de su vida.

—En realidad, basta con desearlo de corazón. El resto viene solo. Mi nombre es Norberto. Te observo desde hace un rato. Vivo en ese edificio que está a tu espalda.

—Bonita casa… Me fijé en ella antes. Me llamó la atención —dijo el muchacho, todavía sorprendido por la presencia del aquel extraño. Aunque, a decir verdad, lo que le había impactado sobre cualquier otra cosa fue su habilidad para responder preguntas sin que hubiesen sido formuladas.

—Gracias, pero te aseguro que es mucho más bonita por dentro –el hombre hizo una breve pausa y continuó con ahínco–. Verás, muchacho, estoy aquí sentado porque me siento muy identificado contigo. Hace varias decenas de años me senté en el mismo lugar en el que estás ahora. Igual que tú, estuve un buen rato observando a la gente que pasaba frente a mí y me pregunté si estarían felices con sus vidas. Sé que tú también te has hecho esa pregunta, porque he reconocido en tu rostro el desconsuelo que yo mismo experimenté. Gracias a él, aquel día mi vida cambió para siempre. Todavía era un crío, pero se encendió en mí un motor que, desde entonces, me ha impulsado hacia la conquista de mí mismo.

El muchacho, cautivado por las palabras del hombre, extendió su mano derecha y dijo:

—Mi nombre es Lucas. Un placer conocerle, Norberto.

—El placer es mío, Lucas —perdió su vista en el horizonte, que se divisaba a través de una estrecha calle y, tras inspirar profundamente, continuó enérgico y dio una cariñosa palmada en la pierna del muchacho—. ¡Te invito a entrar en mi casa! Me gustaría mostrártela mientras charlamos. Este bordillo es muy cómodo, pero pronto acabaremos cansándonos de su dureza —concluyó, sonriendo.

Lucas aceptó rápidamente y sin vacilar. A pesar de su timidez, le gustaba conversar con desconocidos. Aquel tipo parecía buena gente y él necesitaba calmar de alguna manera aquel repentino tormento.

El muchacho se levantó del bordillo de un salto y, con paso vigoroso, se dirigió hacia la entrada de la casa siguiendo a su anfitrión. Una grande y maciza puerta de madera gastada que parecía pesar una tonelada le recibía imponente bloqueando su avance. Norberto la abrió grácil, como si fuese tan ligera como una pluma. Le invitó a pasar con una educada sonrisa.

—Adelante, Lucas. Este es mi hogar. Eres bien venido.


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La estructura de la puerta contaba con un pequeño zócalo, colocado deliberadamente a modo de pequeña dificultad para acceder a la casa.

Lucas no tropezó con la peana.

—El que tropieza no está suficientemente atento y, por tanto, no puede valorar la belleza que habita el interior de esta casa —dijo el hombre señalando el escalón con los ojos y expresando en su rostro el orgullo de quien ha diseñado una trampa infalible.

Por causa de la intensidad de la luz de la calle, el muchacho necesitó varios segundos para ver los primeros detalles del hall hasta que sus ojos se acostumbraron al contraste. Esperaba una decoración rústica, más bien simple, sin grandes florituras y tirando a austera, pero encontró un hogar alegre, con mucha luz natural y un gran colorido aportado no solo por las flores que poblaban la estancia, sino por los aromas de éstas y por el sonido del silencio fundiéndose con el bullicio de la calle. Ligeros matices que hicieron que Lucas se sintiese a gusto rápidamente. Bajó su guardia y tomó la decisión de dejarse llevar. Allí no podía pasarle nada malo.

—Acompáñame, Lucas, por favor. Vamos al patio, allí estaremos cómodos y podremos charlar tranquilamente.

Norberto avanzó delante, indicándole el camino mientras le contaba algunos detalles relativos a la construcción de la casa. Lucas no prestó mucha atención a las explicaciones de su anfitrión, pues sus ojos no podían parar de mirar a izquierda y a derecha, captando la armonía que emanaba de todos los rincones de la casa.

Llegaron al patio y el muchacho quedó literalmente boquiabierto. Desde luego no podría haber imaginado que, en el mismísimo centro de una pequeña villa de la sierra andaluza, podía existir semejante vergel digno del mismísimo paraíso. El verde estaba por todas partes: plantas exóticas y autóctonas, flores de especies que nunca había visto… ¡Aquello era como una selva! Le impresionó cómo, a pesar del clima tan seco que hay en el interior de Andalucía, las plantas aportaban una inverosímil sensación de frescor y humedad.

Norberto y Lucas se sentaron junto a una mesa redonda hecha de metal forjado y cristal, situada a la sombra de un naranjo. Había dos sillas, también hechas de metal forjado y decoradas con unos mullidos cojines color hueso. Estaban dispuestas en forma de «L» para facilitar la cercanía y evitar la confrontación. Ambos se sonrieron para tratar de aliviar la ligera tensión que existe entre dos desconocidos. Fue Norberto quien rompió el hielo:

—Espero que estés cómodo.

—Lo estoy. Es un hogar muy acogedor. ¡La decoración es asombrosa!

—¡Mi trabajo me cuesta! Aunque he de decir que lo hago gustoso… Lo que le regalo a mi hogar, me lo regalo a mí mismo.

—¿Qué es lo que quería contarme, Norberto? —dijo el muchacho con la intención de ir al grano. Las conversaciones intrascendentes no eran su fuerte. Se sentía bastante incómodo en ellas.

—Sí, claro… Verás, hace unos cuarenta años, cuando tenía dieciocho, me di cuenta de que tenía muchos sueños por cumplir a lo largo de mi vida. Aquello me ilusionaba mucho: soñaba con ser una gran persona y con vivir grandes experiencias. Quería ser un aventurero, un descubridor, un héroe… ¡Quería ser muchas cosas! Sin embargo, en un momento dado de mi juventud, también me di cuenta de algo: yo no estaba haciendo nada que me acercase a ese anhelo. De hecho, el camino por el que estaba encauzando mi vida me llevaba en una dirección casi opuesta. Sentí miedo y angustia, aunque esa congoja, se fue junto con el último rayo de sol de aquel día. Sin embargo, volví a encontrarla en el camino unos meses después. Y, nuevamente, desapareció de forma inesperada, tal y como vino. Aunque antes, Lucas, me prometió que volvería para quedarse definitivamente conmigo, no sin antes avisarme de que había una forma de evitar su vuelta. Algo muy sencillo, según sus propias palabras: hacer realidad todas las cosas que mi Corazón me pidiese. No seguí su consejo y, efectivamente, volvió y se quedó, durante unos cuantos años, de hecho. Se convirtió en mi compañera de viaje, una instigadora compañera de viaje.

El muchacho miraba absorto al hombre. Su historia había conseguido captar su atención. Él también soñaba con ser un aventurero. Quería recorrer el mundo, vivir experiencias, conocer otros puntos de vista, sentir cosas que nunca hubiese sentido… Sin embargo, como Norberto, había experimentado la angustia de estar remando en otra dirección, enfilando sin vuelta atrás un río que no era el suyo.

El hombre continuó sin dar mucha opción al muchacho a sumirse en sus pensamientos:

—Bendito el día en que aquello pasó, Lucas. He de reconocerte que, mientras conviví con esa sensación, experimenté mucho dolor interno y pasé momentos muy duros. Sin embargo, no me quedó más remedio que usar esa circunstancia como un motor para vivir todo lo que imaginé. Fue la única manera de hacer desaparecer esa aguijoneante aflicción.


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Se hizo un corto silencio durante el cual Lucas se quedó pensativo, mirando al infinito a través del cristal de la mesa. Norberto, para volver a centrar al muchacho, le preguntó:

—¿Quieres beber algo?

—Sí, por favor. Un poco de agua fresca—le costó esfuerzo articular esa frase tan sencilla, pues su mente estaba centrada en comprender qué estaba pasando. Se sentía muy desconcertado. Era como si aquel hombre estuviese dentro de él, sintiendo lo que él sentía y diciendo las palabras que requería escuchar.

—¡Estupendo! ¡Pues que así sea! ¡Un poco de agua fresca para don Lucas! Vas a conocer a mi mujer. Te caerá bien —el hombre pegó un grito que hizo retumbar las hojas de los naranjos que se encontraban a su vera—: ¡¡Manoli!! ¡¡Ven!! ¡Quiero presentarte a un joven encantador!

Por la parte derecha del patio hizo aparición una mujer con un larguísimo, fuerte y brillante pelo rizado de color negro. Lucía una figura esbelta y su rostro transmitía dulzura. Tenía unos penetrantes y centelleantes ojos oscuros y llevaba un ligero vestido blanco de lino con algunos dibujos bordados en color azul turquesa. Su presencia era tan potente, que inmediatamente inundó el atrio. ¡Hasta parecía que las plantas se rindieran a sus pies!

—Lucas, ésta es Manoli, mi mujer.

La mujer tendió su mano hacia el muchacho con una sencillez y seguridad en sí misma dignas de las mujeres más influyentes de la historia; elegancia y poder en estado puro.

—Encantada de tenerte en nuestra casa, Lucas —dijo ella con una suave, aterciopelada, pero, al tiempo, potente voz. Tenía un sonido muy característico, con muchísima profundidad e intensidad, aunque contaba con un toque de sutileza que evitaba que pudiese resultar estridente. Era como si sus cavidades respiratorias estuviesen forradas con seda.

—Íbamos a tomar algo de beber. ¿Quieres acompañarnos? —dijo Norberto aportando aire fresco al ambiente. Era especialista en eso.

—¡Claro! Yo iré a por la bebida y así vosotros podréis seguir charlando con tranquilidad.

—Agua fresca para Lucas y un zumo de naranja para mí.

***

Pasados unos minutos Manoli entró en el patio portando en sus manos una refulgente bandeja de plata que sostenía las bebidas:

—Aquí tenéis, queridos. Agua fresca y un zumo de naranja recién exprimido —la mujer colocó con mimo los vasos de cristal de Bohemia sobre la luna de la mesa de forja—. Yo tomaré un té.

Charlaron un buen rato sobre algunas noticias de actualidad, sobre la variedad de especies que poblaban el atrio y sobre la importancia de rodearse de personas más inteligentes que uno. Cuando la conversación ya no daba más de sí, la mujer se puso en pie y les dijo que iba a dejarles solos, pues quería salir a dar un paseo y hacer unas compras. Más tarde se uniría de nuevo a ellos. Con el sigilo y elegancia característicos de un bailarín de danza clásica, Manoli abandonó el patio, que se quedó huérfano sin su presencia. Tanto fue así que Lucas pensó que, sin ella, las flores parecían brillar menos.

—Y, en realidad, brillan menos —dijo Norberto, asombrando otra vez al muchacho por haber leído su mente—. Hay personas que generan armonía a su alrededor. Manoli hace uso de esa virtud.

El hombre incorporó levemente su tronco hacia la mesa y removió el poco zumo de naranja que quedaba en el vaso, haciendo sonar ese especial tintineo que produce el metal de una cuchara al rozar el vidrio. Mientras removía, asentía repetidamente con su cabeza esbozando una peculiar media sonrisa. Solo él sabía por qué lo hacía…

—Bien, Lucas, cuéntame, ¿eres de aquí?

—No, estoy de paso. He venido de vacaciones con unos amigos. Acabamos de terminar un proyecto en la empresa para la que trabajamos y tenemos casi un mes libre.

—¡Ah! ¡Qué bien! ¡Enhorabuena! ¿Lleváis mucho por aquí?

—Llegamos ayer.

—¿Y cómo es que no estás con ellos?

—Supongo que estarán durmiendo la siesta en la playa… Anoche, después de cenar, salimos a tomar algo y yo volví a casa antes. No me estaba divirtiendo mucho… Esta mañana, cuando me he despertado, ellos estaban llegando a casa. ¡Así que me he puesto muy contento al ver que disponía de casi todo el día para mí! Como no conocía mucho el pueblo, he pensado en salir a dar un paseo y descubrir alguno de sus rincones. ¡Y el resto de la historia ya la conoces…! —sonrió, azuzando la complicidad que se iba creando entre ambos.

—Así que tienes un mes por delante para hacer lo que quieras…

—¡Efectivamente! —exclamó el muchacho con una amplia sonrisa que expresaba una indescriptible sensación de libertad y que llenó sus ojos de vida e ilusión. El tiempo de vacaciones era muy importante para Lucas, pues sentía que retomaba su vida, una vida que, para él, permanecía estancada durante los restantes once meses del año.

En realidad, a él no le gustaba mucho su trabajo. Se levantaba cada mañana con la sensación de estar agotando un permiso temporal de libertad, concedido al término de su jornada laboral del día anterior. Cada mañana, al cruzar la puerta de la oficina, sentía que retornaba a esa celda con forma de cubículo en la que se encadenaba a unos grilletes con aspecto de ordenador y desde la que se sometía a la voluntad del alcaide de la prisión, representado por su jefe. Lucas se arrepentía de vender su tiempo. En el fondo, sentía que no solo cedía sus horas; también entregaba su libertad y su energía, la chispa de su vida. Él sabía que eso no era lo suyo, pero creía que no le quedaba más remedio que seguir haciéndolo.

A Norberto le chocó tanta efusividad ante algo tan normal como unas vacaciones, por lo que intuyó que el muchacho no se llevaba muy bien con su trabajo. Quiso saber más:


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—¿A qué te dedicas, Lucas?

—Trabajo en una empresa que ayuda a grandes negocios a vender más. Mi labor consiste en analizar las causas por las que no están vendiendo todo lo que podrían. Propongo soluciones para aumentar los beneficios —dijo en tono monótono, como si le aburriese contarlo.

—¡Qué interesante!

—Sí… Bueno, no está mal…

—¡Eso no suena muy bien, Lucas!

—Ya… En realidad, no me gusta mucho lo que hago.

—Bueno, mi intuición me ha sugerido que algo de eso podría estar ocurriendo —dijo Norberto, como haciéndose el tonto… Desde el principio se había dado cuenta de que ante sí tenía a un tipo aventurero que estaba viviendo una vida que no era la suya ¡Su intuición nunca fallaba! El hombre había trabajado en ella durante muchos años. Era tan potente, que podía encontrar a una persona en cualquier lugar del mundo sin conocer su ubicación. Bien es cierto que su sensibilidad innata le resultó de mucha ayuda en el proceso de desarrollo de dicha destreza, sin embargo, lo que le convirtió en un auténtico Mago fue su empeño y su tesón. Entrenó la habilidad día tras día, hora tras hora, hasta adquirir la maestría.

—Y si no te gusta lo que haces, ¿por qué lo haces?

—Porque estoy atrapado.

—¿Atrapado?

—Sí. Lo mantengo porque no me queda más remedio. Tengo que trabajar para pagar mi casa y mi coche.

Norberto se quedó pensativo mirando hacia lo alto. Respiró hondo y tomó consciencia de su propia presencia en aquel lugar, tratando de entrar en una mayor sintonía con el muchacho. Las razones esgrimidas por el chaval eran un parapeto que ocultaba algo mucho más profundo. Aunque, probablemente, él no se diese cuenta de ello.

—¿Eso es suficiente para atrapar a alguien, Lucas? Puedes vender tu casa y tu coche para cortar la cadena que te liga a esa vida.

—He reflexionado varias veces sobre ello, Norberto. Algunos días pienso que me apañaría viviendo en un piso más pequeño y conduciendo un coche menos potente y menos bonito. Sin embargo, estoy muy aferrado a la idea de ser lo que se espera de mí. El dichoso estereotipo del chico triunfador. ¡La sociedad me lo ha metido a fuego desde que era pequeño! —remató el muchacho, irritado.

—¿Quién hizo semejante barbaridad, Lucas? ¿De verdad te quemaron? —disparó el hombre con picardía.

—¡No! ¿Estás loco? ¡Que yo sepa no se usan métodos tan rudimentarios para inculcar ideas desde hace siglos!

Norberto soltó una carcajada. Le resultó graciosa la respuesta del muchacho.

—A mí me pasó algo parecido, solo que en otro contexto. Yo también tuve que lidiar con algunos patrones de pensamiento limitantes. Estaban tan arraigados en mí, que tardé varios años en poder usarlos a mi favor. Verás, mi familia era muy humilde, sin grandes aspiraciones. Desde pequeño me dejaron claro que, cuando fuese mayor, tendría que continuar con el sencillo negocio familiar y yo les decía que no iba a hacerlo, que eso no me gustaba. Quería ser un tipo respetado por grandes personalidades y hacer de mi vida algo de lo que estar orgulloso. Pero se reían de mi cuando lo decía y eso hacía que terminase creyendo que lo que habitaba en mi interior era una mentira. Por causa de eso, Lucas, no hice nada por mí mismo durante muchos años.

El muchacho se sorprendió al conocer aquellos detalles de la historia de Norberto:

—Vaya, Norberto, quién lo diría… Siempre he pensado que las personas que son como tú lo tienen todo fácil desde que son niños.

—Todo lo contrario, Lucas. Las personas que más lejos llegan en la vida han tenido que lidiar con circunstancias difíciles para sacar lo mejor de sí mismos. Párate a pensarlo: alguien que lo tiene fácil no necesita superarse. Conocí una vez a un hombre que me dijo que subir las faldas de una montaña supone mucho esfuerzo, pero, obviamente, esa es la única manera de llegar hasta la cima.

Norberto se sintió satisfecho con el cariz que había tomado la conversación. No pudo disimularlo. Separó su espalda del respaldo de la silla y se acercó a la mesa, expresando así un mayor interés. Miró directamente a los ojos del muchacho y continuó:

—A pesar de no hacer nada por mí mismo durante muchos años, llegó un día en el que algo pasó. Los muros mentales que, durante muchos años, mis padres y educadores se habían esforzado en construir con esmero, reventaron, se hicieron añicos. ¡De pronto, me vi frente a un mundo inmenso! ¡Casi infinito! Fue como si toda mi vida hubiese estado enclaustrado en una amplia habitación, pensando que eso era el mundo, un mundo de veinte metros cuadrados, y, sin previo aviso, aunque fruto de mi anhelo por ir más allá, las paredes de esa sala hubiesen comenzado a resquebrajarse. Por las grietas se filtraba la luz más intensa y maravillosa que nunca había visto. Y cuanta más luz entraba, ¡más tensión soportaban las paredes del muro! Hasta que llegó un momento que se filtraba tanta luz, que las paredes estallaron en millones de pedazos, como cuando un cristal revienta. Con los tabiques derrumbados pude ver el cielo, los árboles, las nubes, los ríos, las flores, los animales… Sentí el aire fresco en mi cara y, a la vez, la luz del sol calentando mi cuerpo. Había estado viviendo en una mentira, Lucas. Creí que solo existía lo que había en aquella habitación, pensé que el mundo era eso. Pero había más, ¡mucho más!

Tras terminar su discurso, Norberto apreció en el rostro del muchacho una mirada perdida que expresaba una mezcla entre asombro y reflexión. Las paredes de su mundo también parecían estar rompiéndose. Se había abierto una pequeña fisura en su subconsciente, por la que podía filtrarse el olor de la vida que él quería vivir.

—Norberto, me dejas pensativo —exteriorizó el joven.

Quiso decir «ya lo sé», pero, en cambio, se contuvo:

—¿Por qué lo dices, Lucas?

— Bueno, no sé si sabría explicártelo… Es como si desease que me pasase lo mismo. Tu perfecta descripción no solo ha hecho que sea consciente de que yo también vivo en una pequeña habitación, sino que me he dado cuenta de que, fuera de sus límites, hay un mundo que no conozco y que tiene todo lo que yo quiero para mi vida. ¡Norberto, doy gracias a Dios por que me haya impulsado a entrar a tu casa!

*** 

La tarde había comenzado a caer sobre aquel pueblo del sur de Andalucía.

Lucas y Norberto subieron a la azotea de la casa, pues el hombre quería mostrarle los espectaculares crepúsculos que podían llegar a presenciarse desde allí. Desde el mirador de la mansión se apreciaba una vista digna, sin duda, de los lugares más bellos del mundo. Las fachadas blancas de las casas contrastaban con el azul crepuscular del cielo y unas pocas nubes que poblaban el cielo iban tomando tonos naranjas y rosados. Eran como algodón dulce puesto sobre una pared de color azul cielo. Una preciosa luz de tintes dorados, proveniente del astro rey, aligeraba el ambiente. Gracias a ese espectáculo natural, todo lo que les rodeaba se volvió más bello.

Con semejante atmósfera, la respiración de los habitantes del pueblo se hacía más relajada y la ilusión por sus vidas crecía con fuerza. Norberto, apoyado en la barandilla de la azotea, posó cauteloso su mirada en el débil sol, que se encontraba entregando su fuerza a la noche. En tono solemne dijo:

—Este tipo de atardeceres nos acercan a nuestros sueños. Al presenciarlos, conectamos con nosotros mismos y creamos con fuerza el mañana que deseamos vivir. En el mismo momento en que el sol desaparece por el horizonte, como un esclavo que vuelve a su tarea tras agotar su periodo de descanso, renunciamos al control sobre nuestra vida y retornamos a un estado en el que creamos una vida que no nos gusta.

Lucas observaba obnubilado el espectáculo que el Mundo le estaba ofreciendo. ¡Se sentía lleno de energía! El bonito ocaso le había ayudado a estar más consciente de sí mismo, gracias a lo cual percibía más claramente todo lo que pasaba a su alrededor: oía las gaviotas que se acercaban desde la cercana costa, sentía la calidez del aire proveniente del sur, apreciaba el tacto de su ropa… Pero, sobre todo, y esto era lo que marcaba la diferencia, advertía de forma muy clara lo que pasaba en su interior. Era consciente de sus pensamientos, de qué emociones estaba experimentando, de sus anhelos, de sus miedos, de qué pasos quería dar y de cuáles jamás daría. El muchacho se percató de que, entre todo ese abanico de sensaciones, había una que, en aquel momento, dominaba su ser: una potente sensación de gratitud hacia su anfitrión. No puedo reprimir la imperiosa necesidad de expresarla:

—Norberto, me siento muy agradecido. Tu hospitalidad ha conseguido abrumarme. En poco tiempo me he sentido como en casa. Gracias, de corazón.

—No tienes por qué darlas, muchacho. Mi objetivo es que todo aquel que cruce los dinteles de la puerta de mi pequeño palacio sin tropezar —hizo una pausa y esbozó una sagaz sonrisa que ponía de manifiesto su astucia por colocar un zócalo en la puerta principal para calibrar la atención de sus invitados— quiera quedarse a vivir aquí para toda la vida.

—¡Estoy seguro de que la vida te tiene que tratar muy bien! Dicen que lo que va, vuelve multiplicado por dos…

—Sí, efectivamente. Eso dicen. Lo que va, vuelve… siempre que permitas que regrese, claro está.

«Siempre que permitas que regrese…».

Lucas se quejaba todo el tiempo de que las cosas no fuesen como a él le gustaría. Le echaba la culpa a la vida por su falta de consideración con él, un buen tipo que se esforzaba por hacer el bien. Sin embargo, aquella frase le hizo reflexionar… Quizás había dejado pasar cientos de oportunidades que verdaderamente merecía como pago a sus buenas acciones. Pero, sencillamente, no se había dado cuenta de ellas. Ya no podía volver a pedirle cuentas a la vida, pues sin duda, ésta había cumplido su parte del trato, pagando un justo precio a sus buenas obras en forma de oportunidades para mejorar. Sintió un tremendo arrepentimiento y deseó volver atrás en el tiempo para estrujarlas al máximo.

—No puedes volver atrás en el tiempo, pero sí puedes usar lo aprendido para mover tu vida en la dirección que quieres —sentenció Norberto, que había intuido los pensamientos del muchacho.

Lucas miró al hombre desconcertado. No sabía por qué, pero sus palabras producían en él verdaderos terremotos internos. Siempre sabía qué decir…

Norberto, nuevamente, percibió lo que el joven pensaba y le explicó:

—Es por la sintonía.

—¿Cómo?

—Que es por la sintonía. Sintonizo contigo. Me pongo en tu misma onda, nos ponemos a bailar al ritmo de la misma música. Por eso mis palabras te parecen adecuadas.

« Sintonía…».

El muchacho se quedó reflexionando también sobre aquella palabra. Sintonía. Él siempre había pensado que las personas somos como radios emisoras de información. A veces le pasaba que, aunque pudiese entender nítidamente los sonidos que alguien emitía, no comprendía el contenido de su mensaje. Era algo así como escuchar la radio con interferencias: uno percibe el sonido, pero resulta difícil interpretar la información. En cambio, cuando sintonizaba con una persona comprendía perfectamente lo que ésta decía.

Sí, podía ser una cuestión de sintonía…

Los dos permanecieron unos minutos sin hablar, admirando la belleza de los últimos retazos del atardecer.

Rápidamente se hizo de noche. La bóveda celeste tenía ya un intenso color azul oscuro y comenzaron a aparecer algunas estrellas. Aquello inspiró al sabio anfitrión, que pensó en proponer al muchacho que les acompañase durante la cena. Las conversaciones que habían tenido a lo largo de la tarde habían tomado un cariz muy propicio para hacerle una importante propuesta que cambiaría su vida:

—Lucas, ¿eres de buen comer?

—Se podría decir que sí… —dijo, vergonzoso, el joven.

—Teniendo en cuenta que Manoli y yo somos es unos excelentes cocineros, ¿aceptarías una invitación para acompañarnos durante la cena? Me parece que todavía tenemos mucho que hablar…

Lucas se acordó de sus amigos, por primera vez desde que le hablase de ellos a Norberto. Le asaltaron las dudas: quizás debería volver. Al fin y al cabo, estaba de vacaciones con ellos. Sin embargo, reconoció ante sí una de esas oportunidades que tantas veces había rechazado en el pasado.

—¡Claro! Estaré encantado de probar vuestra cocina y de seguir conversando con vosotros. Francamente, hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto.

—¡Estupendo! —gritó el hombre, entusiasmado—. ¡¡Manoli!! ¡Esta noche tenemos un invitado de gala!

Manoli apareció rápidamente en la azotea, como si estuviese muy cerca escuchando la conversación de los dos hombres:

—Entonces, ¿te quedarás a cenar con nosotros, Lucas?

—¡Claro que sí! ¡Uno no encuentra gente como vosotros todos los días! —exclamó el muchacho, emocionado y sonriente.

—¿Qué podríamos preparar para nuestro invitado, mi queridísima amiga?

—Por supuesto, algo ligero. Ya lo dice el refrán: «De grandes cenas están las sepulturas llenas». ¿Qué os parece un gazpacho y una tortilla de patatas?

—¡¡Eso es excelente!! ¡Seguro que Lucas no ha probado nunca una tortilla tan jugosa como la que preparamos! Nuestra tortilla de patatas, muchacho, no es comparable a ninguna que hayas podido comer… ¡Solo de pensarlo me ruge el estómago!

—¡Genial! Aunque sé que te encanta que compartamos el tiempo en la cocina, mi querido Norberto, yo prepararé la cena hoy. Así Lucas y tú podréis seguir charlando.

 


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